El dolor de aceptar la realidad y el cambio que habita en mí
Hay momentos en la vida en los que uno deja de mirar el mundo con los ojos de la ilusión y empieza a verlo desde la herida. No porque quiera vivir en el dolor, sino porque la realidad termina enseñándote aquello que antes no podías o no querías aceptar.
Últimamente siento que camino frente a un espejo roto. Un espejo donde veo el egoísmo escondido detrás de muchas palabras bonitas, la falsedad disfrazada de afecto y las promesas que nunca tuvieron intención de cumplirse. Y quizá lo más duro no es descubrirlo en desconocidos, sino en personas cercanas, personas a las que quieres y por las que has dado partes enteras de tu alma.
Lo más extraño de todo es que muchas veces uno se da cuenta de las cosas mucho antes de admitirlas. El corazón lo sabe. El silencio lo sabe. Las miradas lo saben.
Pero callamos.
Callamos porque no queremos hacer daño. Porque amamos. Porque pensamos que quizá soportando un poco más, entendiendo un poco más o sacrificándonos un poco más, podremos salvar algo que ya estaba roto hace tiempo.
Y así termina uno quedándose solo.
Solo en medio de un desierto interior donde el alma se pierde intentando entender por qué duele tanto sentir demasiado. Donde las noches pesan más que el día y donde incluso rodeado de gente puedes sentir el vacío más absoluto.
Yo me doy cuenta de muchas cosas.
De las ausencias disfrazadas de presencia.
De las palabras dichas por compromiso.
De los abrazos que ya no sostienen.
De las personas que están solo mientras todo va bien.
Y aun así sigo intentando no convertirme en alguien frío.
Porque todavía creo en el amor verdadero.
Y quizá por eso, en medio de todo este caos emocional, existe una luz que nunca se apaga. Un ángel que ha decidido quedarse incluso cuando yo mismo me pierdo. El amor de mi vida. Esa persona que está en cada ayer y en cada hoy apostando por mí, incluso cuando ni yo sé cómo hacerlo.
Hay personas que llegan para acompañarte.
Y hay otras que llegan para salvarte de ti mismo.
Ella pertenece a las segundas.
Ha visto mis silencios más oscuros, mis dudas, mis caídas y mis miedos. Y aun así sigue aquí, tendiéndome la mano, recordándome quién soy cuando yo lo olvido.
Y tal vez gracias a eso estoy cambiando.
No solo como persona. También como músico.
Siento que algo dentro de mí se está transformando profundamente. Durante muchos años habité el mundo de la canción de autor desde la intimidad, desde la palabra desnuda y la emoción más pura. Pero ahora escucho nuevos sonidos llamándome desde dentro.
El rock.
El pop.
La electricidad emocional de las guitarras.
La fuerza de los himnos que gritan lo que uno ya no puede seguir callando.
No reniego de quien fui. Jamás podría hacerlo. La canción de autor forma parte de mi piel y de mi historia. Pero la música, como la vida, también evoluciona. Y yo necesito evolucionar con ella.
Porque hay dolores que ya no quieren ser susurrados.
Quieren romperse en un escenario.
Quieren sonar alto.
Quieren respirar entre baterías, guitarras y melodías capaces de convertir las heridas en verdad.Quizá todo esto sea parte del mismo camino.

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